lunes, 27 de octubre de 2014

Cuentos de Julio Cortázar.

Una flor amarilla

En un bar de la calle Cambronne en París, un hombre comenta a otro que todos somos inmortales. Ha encontrado a un joven llamado Luc, que es igual a si mismo a su edad. Se las arregló para conocer la casa del chico. Encontró una miseria decorosa y una madre avejentada, un tío jubilado, dos gatos. Después no le costó demasiado que un hermano suyo le confiara a su hijo que andaba por los catorce años, y los dos chicos se hicieron amigos. Empezó a ir todas las semanas a casa de Luc, la madre lo recibía con café recocido, hablaban de la guerra, de la ocupación, también de Luc. Lo que había empezado como una revelación se organizaba geométricamente, iba tomando ese perfil demostrativo que a la gente le gusta llamar fatalidad. Incluso era posible formularlo con las palabras de todos los días: Luc era otra vez él, no había mortalidad, éramos todos inmortales. Los sucesos de la vida de Luc son tan semejantes a los acontecidos en la suya que se convence de que las vivencias del joven constituyen una prolongación de su existencia.








No hay comentarios:

Publicar un comentario