Cuentos de Julio Cortázar.
Una flor amarilla
En un bar de la calle Cambronne en París, un
hombre comenta a otro que todos somos inmortales. Ha encontrado a un joven
llamado Luc, que es igual a si mismo a su edad. Se las
arregló para conocer la casa del chico. Encontró una miseria decorosa y una
madre avejentada, un tío jubilado, dos gatos. Después no le costó demasiado que
un hermano suyo le confiara a su hijo que andaba por los catorce años, y los
dos chicos se hicieron amigos. Empezó a ir todas
las semanas a casa de Luc, la madre lo recibía con café recocido, hablaban de
la guerra, de la ocupación, también de Luc. Lo que había empezado como una
revelación se organizaba geométricamente, iba tomando ese perfil demostrativo
que a la gente le gusta llamar fatalidad. Incluso era posible formularlo con las
palabras de todos los días: Luc
era otra vez él, no había mortalidad, éramos todos inmortales. Los sucesos de la vida de Luc son tan semejantes
a los acontecidos en la suya que se convence de que las vivencias del joven
constituyen una prolongación de su existencia.

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